A cada cerdo…le llega su puente

A cada cerdo…le llega su puente

Apto solo para carnívoros

Soledade Felloza (texto y foto)

Ya sé que el dicho es, su San Martiño o San Martín. Pero disculpadme, los años que llevo viviendo aquí, las charlas, sobremesas y deliberaciones varias en torno a los despojos finales de infinidad de cocidos y lacones, me amparan para por lo menos sugerir un cambio en el dicho tradicional.

Después de que se abren las puertas de la veda matanzil, Galicia entera pasa a ser territorio comanche para los hermosos porquiños que durante meses han sido alimentados, mimados, custodiados, bautizados, paseados y hasta rascados en cada casa de aldea que se precie.

Y que no se escandalice nadie con el hecho de que sin pena y con mucha gloria, en una casa  se pase a degüello una Rosinda, un Cocho, un Paquiño y hasta un Bota de Suxildo , sin el más mínimo rastro de pena y si con mucho deleite por el finado.

Que una cosa es una cosa y otro asunto la cuestión. Que se mime y hasta quiera a un cerdo no quiere decir que después uno deba perdonarle la vida, muy por el contrario, el bautizo crea un lazo entre el matarife, su familia y el finado que genera en la mesa donde los platos rebozan de su presencia, diálogos, frases entrañables y hasta alguna lágrima de emoción y agradecimiento por los servicios prestados.

Ahora bien, es cierto que durante mucho tiempo, esta pagana ceremonia ha esperado religiosamente la bendición de San Martín para dar rienda suelta a los deseos contenidos durante largas horas de observación de esos bellos andares, pero la vida moderna, la peregrinación de la mayoría de la familia a la ciudad, ha generado algunos cambios.

Quien más, quien menos conoce a alguien o será él mismo, protagonista de la particular acción de gracias galaica durante éste puente.

La llegada a la aldea de hijos, nietos, cuñados y demás miembros, suele ser el momento óptimo para realizar la matanza. Algo lógico por otra parte ya que brazo que solo se paga con unas buenas cacerolas repletas, son brazos baratos y para colmo «da casa».

Según donde esté ubicada la aldea, geográficamente hablando, habrá variantes, y te puedes encontrar con casas que mantienen desde hace decenas de años un entramado social en torno al solemne acto de colgar de la viga del alpendre al que hasta hace nada fuchicaba por los campos, o casas donde la propia mutación de la morfología familiar ha llevado a que los roles se repartan entre quien está dispuesto a ayudar, dejando en un rincón la tradición.

Porque en la matanza, hay tareas que son solo de las mujeres, otras de los hombres, otras de los niños y otras del «profesional»

De ese señor que puede ser de la familia, o no. Que puedes ver varias veces al año o solo aparecer por estas fechas.

Este señor que ya va siendo casi pieza de museo merced a las nuevas disposiciones sanitarias, de las que hoy prefiero no hablar.

Recuerdo de niña, en otros lares, otros cerdos pero misma emoción, esas jornadas que comienzan sin más luz en el cielo que una blanca estrella testigo de la helada en los campos.

Las voces se pierden entre vahos que dibujan nubes extrañas en el aire. Las manos se frotan unas contra otras buscando rescoldos del calor de las mantas y en el intercambio de saludos, aparecen los jarros de café con gotas. Esos jarros de peltre con cachaduras que valen para café y para cualquier cosa líquida que aparezca a lo largo del día, caldo, orujo, vino…

Luego se repite la ceremonia de poner sobre la mesa los cuchillos, ceremonia que aunque conocida nos dejaba a todos en silencio, aun hoy sueño  a veces con el brillo de aquellos filos, con la saeta de luz que dibujaban entre las carnes aun temblorosas.

Luego esa cadena humana de tareas encadenadas, de lavar tripas, vísceras, en un agua que generaba sabañones.

Los hombres resoplando y colocando por zonas del recinto los diferentes trozos. Lo que iba para embutidos, para salar, para ahumar o para la olla que ya crepitaba en el fuego.

Y por supuesto las bromas, el tío que se cubría la cara con el mondongo o se ponía un riñón en la oreja.

El tío que da lecciones de anatomía con cada parte que saca del cerdo «que es igualito al humano, mire bien»

Las tías a codazo limpio entre cuchicheos que nos desesperábamos por descifrar.

Los recuerdos del que marchó ese año, las risas por anécdotas del pasado, los juegos sudando bajo el jersey gordo que te tejían con mil restos de lana y era, es, el ideal para esos días en que hay posibilidades amplias de acabar cubierto de barro y comida, pero debes estar abrigado.

En esa estampa llena de los grises de la luz, del cielo, de la ropa, aparecen como chispazos, las llamas, la sangre que se guarda con cuidado para morcillas y filloas, el blanco de las sonrisas amplias, las servilletas con que se va cubriendo lo que ya tiene destino.

Porque mientras muchos están afanados en mil quehaceres, siempre hay un grupo, las niñas mayores generalmente, que va por las calles del pueblo, con bandejas cubiertas, compartiendo con alguien que a su vez ya compartió con la familia, una parte de la matanza.

Y en ese ir y venir, también se representa un puente, ese lazo de ida y vuelta entre lo que tengo y comparto, entre el tiempo que doy, el esfuerzo, incluso la torpeza ciudadana, en una tarea, que como decía el poeta, se pierde entre papeles de oficina, cada vez más.

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