IDENTIDAD

IDENTIDAD

Antonio Portela, O Viticólogo dos Bagos

Las huellas de la tierra y del hombre que la trabaja fueron, y aun lo son, fácilmente enlosadas por el cemento de las elaboraciones ultraintervencionistas y voluminosas, del viñedo extensivo de concentraciones forzadas y parámetros productivistas con el objetivo de cubrir una demanda generada artificialmente, en la que el marketing fue lo que hizo de locomotora de un tren virtual que se iba improvisando en marcha.

En la actualidad el consumo de vino, ayudado en su descenso vertical por modas pasajeras, que solo sirven para llenar la barriga de algunos y el escenario de parafernalias vacías para espectadores amantes de los fuegos de artificio, la demanda del consumo ya no es disculpa para llenar las estanterías de vinos en serie, sin identidad. Más bien habrá que ganar de nuevo los escaparates, las portadas, las copas, los bares, las tabernas, los pubs, de noche, de día, solos o en compañía… con copas de vinos que nos animen a beber por su discurso próximo porque sea traducible en recuerdos, para estimular el espíritu y, en su caso, emocionarnos y darnos placer.

Por entonces cuando encontrábamos un vino con esencia, sensaciones que, de pronto, adormilados nuestros sentidos tras millares de tragos anodinos y clónicos, nos hacía revivir recuerdos guardados en la memoria además de provocar que una sonrisa de satisfacción y de plenitud se nos plantase en la cara, pero, al mismo tiempo que nos ilumina esa luz escondida por la sucesión de vinos estandarizados, no podemos evitar el pensamiento de haber perdido energías, tiempo, inversiones ….

El único camino que en el mundo del vino no tiene fecha de caducidad es el de la autenticidad, es decir el de la fidelidad a la vocación de un terruño, de sus castas, de su clima y de la experiencia, en nuestro caso a menudo contaminada, de generaciones de viticultores.

Identidad que significa el reflejo del origen, de la huella de la tierra, de su espacio geográfico (suelos, valles, pendientes, formaciones naturales, cercanía al mar, a un río…) de la tradición revisitada con fundamentos y respeto, y también de la personalidad que le imprime un hacedor cuando, además de respeta las características particulares de esa añada concreta y las mejores potencialidades de sus variedades, le aporta pinceladas de su personalidad, fruto de su experiencia, de la inspiración o del simple dejar hacer a la naturaleza.

Se puede cambiar lo que la naturaleza ha definido en un territorio y que se refleja en todos los ámbitos de su existencia, sin que con eso se transforme la esencia misma del producto, cuando el mismo subconsciente de la gente guarda grabada a herencia de los sabores de antaño, todas las experiencias de generaciones trazadas en el respeto y en la lectura de su tierra?.

El minifundismo ha sido considerado en la historia contemporánea como una penalidad que Galicia soporta. Cierto o no el camino debería haber sido el aprovechamiento y explotación de lo que potencialmente tiene de positivo, sobre todo en este mundo vitivinícola con situaciones geoestructurales parecidas caracterizadas por la diferenciación de terroirs y la busca de la excelencia.

Este espacio vitivinícola, de mil microclimas, de huella atlántica, con su frescura, que no significa acidez, en el minifundismo entendido como microespacios o microuniversos en el sentido de las grandes catedrales vitivinícolas del mundo con sus crus y climats, pero para llegar a algo parecido a lo que esos pedazos de suelo representan, aun queda la delimitación y clasificación de las villas, lugares y parajes.

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