O Morrazo, espacio vitícola en medio de la geografía oficial de Rías Baixas

O Morrazo, espacio vitícola en medio de la geografía oficial de Rías Baixas

Antonio Portela, O Viticólogo dos Bagos

Hacia poniente existe una viticultura apegada a la tierriña, de esqueleto granítico y velas regadas desde el Miño hasta el Ulla por mil riachuelos que terminan su camino entre viñas para ser, con el Atlántico, rías.

Desde la parte costera hasta los valles que descienden por el curso de los ríos atlánticos como el Ulla, el Miño, el Miñor, el Tea, el Umia o el Verdugo, estas zonas fueron conformando la oficialidad de la D. O. Rías Baixas.

Pero también existen otros espacios más de ría, más bajos y mucho más atlánticos que la mayoría de los territorios que forman parte de esa denominación de origen.

Hacia el Atlántico, con el cabello peinado por una brisa marina de profundidad oceánica, con los pies mecidos por las mareas, mojados sobre conchas… existe una península entre rías con una proa que enfila el horizonte del atardecer coronada por un Facho, que es monte, de huella telúrica.

El Morrazo constituye un espacio vitícola insertado en medio de la geografía oficial de la D.O. Rías Baixas, y lo hace además con una riqueza sin igual en las otras subzonas de esta denominación, con una diversidad que pocas comarcas o comunas vitivinícolas poseen.

La cara norteña del Morrazo, bañada por las mareas atlánticas de la ría de Pontevedra, calma los vinos de las parroquias de Bueu, auténticos “Vins de Vila”, especialmente el valle encovado que forma Cela con la presencia pontifical, aplastante y feliz para placer nuestro de la Tinta Femia (el caíño de la tierra que en el Ribeiro Sebio y Bernardo cuidan con devoción en Camporredondo y en otras viñitas de por allí, o la Zamarrica que Mateo puso en escena  y los funcionarios minusvaloraron siempre, incomprendido para los talibanes de los IPTes) (IPT= Índice de Polifenoles Totales)

El Morrazo no es un territorio homogéneo, residen en su seno microespacios de una riqueza e identidad definida, inimitable, con una autenticidad apabullante, como las tierriñas de los tintos definidos y estilizados, frescos, atlánticos de pura cepa: son los tintos de Cela y de otras parroquias de Bueu, donde la Tinta Femia, cachorro o batorro, de la estirpe del caíño redondo, es la señal de identidad, el estandarte de sus vinos.

En esta misma banda de la península del Morrazo pero extremándose por fuera de la Ría de Pontevedra está la Ría de Aldán, entre la isla de Ons y las Cíes, como queriéndose acercar a ellas de un pequeño salto. En esta pequeña ría compartida por Bueu y Cangas moran preciosas viñitas, unas legado tradicional de la cultura de la vitis en las comarcas atlánticas otras ya conducidas con la arquitectura moderna de la viticultura: entre Vilaboa, Pinténs y O Igrexario (parroquia de Hío) y Bon (parroquia del Beluso)

A babor de la península y con el sur siempre a la vista, ya asentados en la Ría de Vigo y con la proa del Morrazo a su costa reposa un viñedo que me enamoró, sí… solo pienso en él, y cuando desde la Costa de la Vela, en los lomos del Monte del Facho de nuestros antepasados, miro el atardecer caer lenemente entre las Islas Cíes… so puedo pensar en el vino que allí nacerá.

Desde los arenales de esta punta donde dominan las castas blancas como el espadeiro blanco (loureiro) y el albariño, acompañados de la treixadura y del albariño portugués (torrontés) vamos pasando por el viñedo fragmentado que salpica todas las parroquias de Cangas y Moaña.

El Morrazo tiene su entorno relajado en Vilaboa, donde las viñas duermen en la plácida adoración de la ensenada de San Simón que como una laguna cierra por el fondo a Ría de Vigo, lo que mira al amanecer. Allí reposa el viñedo más extenso, junto con el de Marín, de esta península.

Entre los híbridos, aun muy extendidos, y las castas autóctonas pululan variedades locales de nombres cariñosos: cachiño, néboa, ratiño, santiaguiño…

En todos estos microespacios peninsulares la parra bajita, asentada sobre pilares de granito y antes aún por estacas de roble, castaño o sauce, y conducida entre cañas, va dejando paso al moderna conducción de hormigón y cables de acero, de geometría matemática, como garras rectas en el paisaje, con el ancho y altura facilitadores de la labor y dicen que de algo más.

El Morrazo es tierra de furanchos y furancheiros, lugares señalados por un ramo de laurel colgado donde es permitida la venta de vino después de que este se haya vendido en las zonas “oficiales”, una singular tradición vinatera que viene del siglo XVI.

“Entre los siglos trece y dieciséis el vino se vendía tan bien como el más afamado de Ribadavia, mientras el litro de este estaba a 5 cuartos el del país estaba a 4. Antiguamente estaban regulados por los ayuntamientos o jurisdicción a alquiler e impuestos especiales. En cada Bairro podía haber dos o tres. Los furanchos fueron emergiendo de una vieja tradición, de hecho hay constancia en la Ría de Vigo de unas Ordenanzas Municipales del 1605 de las Villas de Redondela y Vilavella sobre la exclusividad de venta de vino local durante 3 meses. La palabra furancho viene de abrir el “furo ancho” (agujero ancho) de la pipa de vino y así colocar la billa para servirlo en la jarra o en la taza. En los años 70 los furanchos proliferaban por toda la comarca y muchas veces acababan el vino en pocas semanas, entonces tenían que cerrar hasta el año siguiente… (fuente: Asociación Gallega de Viticultura)

Don Alvaro Cunqueiro los cita de esta manera: “Punto y aparte para la península del Morrazo, no porque allí bebamos vinos ilustres, sino porque allí mano a mano con Maumau, con Agustín Cela, co tío Juanito, con José Castroviejo, con Juan Santos Ríos Vino de temperán, que da fuerza viril; blanco del tío Juanito, alegre y largo, vinos del Casal de Acuña, que corrían tras lo ancho, vinos taberneros…”

En el Morrazo hay un paraíso de finas arenas blancas en playas asoladas, luminosas puestas de sol entre islas cercanas con nuestro horizonte a marcar la travesía. En este borde vibrante y placentero de la Galicia aprendemos a soñar y acumulamos la energía necesaria para ir Más Allá… siempre.

La tinta femia será uno de sus brebajes que nos inspire cuando los trepas y los mediocres retrasen el avance Nuestro.

Traslada su figura con brío por la boca, limpia, nada enturbia ni contamina su esencia, nada distrae el paso de su grácil corpió… como un manantial del Morrazo que fresquito, vibrante y acelerado baja hasta la ría.

Lleva un aire de antaño, de juegos ligeros en la era, entre frutillos silvestres que muerden en la boca y hierbas para chupar con sabores cítricos.

En esta península entre rías la vitivinicultura esta huérfana, sin amparo reglamentario protector y difusor de ningún tipo.

Por su parte la denominación de origen Rías Baixas abarca cinco subzonas, donde tres de ellas son riberas de ríos: la del Ulla y las del Miño a su paso por O Rosal y por El Condado y sólo una subzona está en la orilla de una ría, pero solo en una de sus bandas, la otra es O Barbanza, con indicación propia de Vino de la Terra.

Resulta evidente que por geografía, viticultura y tradición O Morrazo vitivinícola es Rías Baixas. De hecho era una de las comarcas vitícolas, denominada cómo “Fondo de la Ría de Vigo y Morrazo”, referidas en una Orden publicada en el B.O.E. en 1979 que fue dando origen con el tiempo a las diferentes denominaciones de origen o indicaciones geográficas protegidas de vinos de la tierra (entonces solo existían O Ribeiro y Valdeorras). Todas esas comarcas que aparecían en esa orden: O Salnés, Baixo Miño, Condado del Tea, Verín, Bolo, Celanova, Ribeira do Sil, Valle del Miño, Quiroga, Chantada, fueron encontrando de una manera u otra su amparo excepto O Morrazo y sus aledaños.

Por todo esto me sumo desde aquí a la labor de la Asociación Galega de Viticultura que junto a las asociaciones vitícolas de la zona están a la búsqueda de una articulación reglamentaria para esta comarca.

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