Las memorias de una vida en un libro de cocina

Las memorias de una vida en un libro de cocina

Por Xosé Antonio López Silva (traductor al castellano de El libro de cocina de Alice B. Toklas)

En 1954, ocho años después de su muerte, Gertrude Stein era ya una figura tanto de referencia como de reverencia en las letras norteamericanas. Alice B. Toklas, con 77 años, vive en una situación precaria, sin apenas recursos económicos propios.

El editor Simon Michael Bessie le propuso, a iniciativa personal y con el apoyo de amigos comunes como el fotógrafo Carl Van Vechten, escribir un libro de memorias sobre su vida con Stein y las relaciones de ambas con los diferentes escritores y artistas que fueron pasando por su apartamento del número 27 de la Rue de Fleurus. Ella, al principio, se negó, alegando que “Gertrude escribió mi autobiografía y eso es algo que ya está hecho”. Sin embargo, al apreciar la contrariedad del editor, añadió tímidamente: “Lo que sí podría hacer es un libro de cocina. Por supuesto, estaría lleno de recuerdos”.

Alice cumplió con creces su promesa, porque El libro de cocina de Alice B. Toklas, como tal, no es un libro de cocina. Tampoco un libro de memorias. Ni siquiera una mezcla de ambos. Sus capítulos no siguen un orden cronológico estricto, sino que pasan de un tema a otro, engarzados entre personas y anécdotas y, en ese terreno, las recetas actúan como la argamasa que le dan unidad al libro, y así como a las mismos recuerdos de Alice, de la vida con Stein, de la vida en París durante la Primera Guerra Mundial y los felices años posteriores, hasta el tiempo de encontrar su refugio en el Bugey y Bilignin durante la ocupación nazi.

Incluso también Alice expone entre receta y receta, las exquisitas esquividades del azar que fue lo que, en buena medida, les permitió sobrevivir en los momentos realmente peligrosos de la Guerra, atrapadas durante la ocupación y en la obligatoriedad de hospedar en su casa a oficiales alemanes, condenadas de antemano desde 1942, siendo como eran una pareja sentimental de intelectuales americanas y judías.

El libro pasa en momentos a ser protagonizado por personajes secundarios como la camioneta Ford en la que durante la Primera Guerra Mundial recorrieron el este de Francia organizando hospitales, parando en restaurantes y bistrós donde los platos terminaban por convertirse en una especie de guía personal del camino y los viajes, hasta los años más duros de la contienda, a partir de la caída de Francia, en 1940, con la situación empeorando la vida cotidiana, vislumbrando diariamente la fantasma del hambre -lo más alejado, en teoría, de lo que debería ser la temática de un libro de cocina-.

En esos ratos, las recetas pasan a ser un refugio frente a los tiempos que toca vivir porque ellas mismas se convierten en mecanismos de resistencia: por adaptarse al racionamiento convirtiendo en pastel de poca carne las raciones exiguas de las que disponen, y así hacerlas rendir, hasta uno de los momentos más conmovedores del libro, cuando Alice, famélica, halla refugio en la lectura de los grandes y lujosos libros de cocina franceses del XIX y allí encuentra ocio y alivio ante la dureza del presente que están viviendo. Libros que son una declaración de amor, porque Gertrude procuraba conseguirle uno cada año, a través de las líneas dificultosas de los amigos de la Resistencia.

De aquí deriva uno de los grandes hallazgos de este libro: las recetas, incluso en su enumeración, nunca son algo frío y manualístico en Alice Toklas. Cada una de ellas está concebida y escritura como una pequeña obra literaria, una chef d´oeuvre con principio cerrado y con final abierto según cada lector, pero que tienen vida propia y nos hablan, además, de trozos de vida que se hicieron importante por ellas mismas. Por eso, las recetas también forman parte, no sólo de la vida de la autora, sino también de una época. Hablan del Sur de los EEUU de finales del XIX al igual que muestran la sencillez de un país, la creatividad de una región o de un cocinero, y hasta la desidia de otro. Alice consigue lo que parece imposible: recrearse a sí misma y su época a través de la viveza de las recetas que forman parte tanto de ella misma como de todos esos años y vidas.

El libro posee, además, otros intereses. No es pequeño el profundo e inteligente sentido del humor con que están aderezadas todas sus páginas. Alice no es una persona pesimista. Incluso en los momentos más duros, su mirada tiñe de ironía muchas escenas, como al evocar una reunión clandestina de amigos que deciden acudir en tropel festivo al restaurante de un afamado chef sito la unas cuantas millas, cuando se enteran de que ahora ofrece “discretos almuerzos» contraviniendo las estrictas órdenes militares de tiempo de guerra.

Hasta ese chef, del que no da el nombre, se acerca un grupo variopinto, al que no le queda más remedio que recurrir a los más diversos medios de locomoción para llegar, incluyendo un colorido carromato de perros de circo tirado por un percherón, que posteriormente pintarán de un color azul marino oscuro, por aquello de conseguir una mayor discreción en tiempos difíciles. Su mismo editor, Bessie, definió El libro de cocina… como un libro único escrito por una mujer única. Alice, malgré elle, no pudo nunca ser actriz secundaria. Cada página respira literatura y un profundo amor por la vida, en su concepción de esta como un privilegio enriquecido por los países, por las personas, por el arte, y como no, por la cocina entendida como otro arte, y que desde lo cotidiano consigue recrear tiempos, y lugares. Vincular recuerdos. Escribir ella misma las memorias de una vida.

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